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"Nada podemos esperar sino de nosotros mismos"   SURda

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29-01-2016

 

Martelly logró la difícil hazaña, unificar al pueblo haitiano

 

 

 

 

 

SURda

Fernando Moyano

Opinión

 

 

 

Unificarlo en su contra. El rechazo unánime de los candidatos opositores a la instancia electoral del 24 de enero, la renuncia de varios integrantes del Comité Electoral Provisorio dejando a ese organismo inhabilitado, y las manifestaciones masivas que desbordan todo posible control policial, forzaron la suspensión de esa farsa programada para la continuidad del régimen, lo que lo deja acorralado.

 

La enorme fragmentación política haitiana, como cuarenta partidos y demás, es un gran obstáculo en la lucha actual contra la dictadura duvalierista de Martelly, que está sostenida explícitamente además por Naciones Unidas y su intervención armada, la OEA, la Unión Europea, y varios organismos ad hoc del nuevo estilo de "imperialismo colectivo".

 

Esa fragmentación, el "todos quieren ser presidente" del que hablaba el escritor Jacques-Stephen Alexis, puede ser producto de una condición de la sociedad haitiana que es medio rara para nosotros. Diez millones, pero solamente unos 300.000 trabajadores asalariados. Una gran supervivencia de la economía familiar campesina debido a la dificultad de implantar un capitalismo típico en esa sociedad en que los esclavos que se liberaron a sí mismos, pero también la ruina de esa economía tradicional en esta época de capitalismo globalizado, traen este país muy pobre, desigual y polarizado, esta isla de África en el Caribe, en un enclave sensible que forma parte de Nuestra América, con una red de vínculos a su historia y su lucha.

 

El fracaso de la construcción allí de un estado neo-colonial moderno y estable al mismo tiempo, de una “China de bolsillo” para la inversión capitalista, llevó a montar ese reciente experimento de una intervención armada multilateral “estabilizadora” iniciada hace doce años, con la invasión que derrocó y secuestro al presidente Aristide.

 

Llenaron de pólvora el barril y se sentaron encima. Terminó pasando lo que en algún momento iba a pasar, la única novedad es que fue la obcecación de Martelly en aferrarse al sillón lo que encendió la mecha, aunque en realidad esa obcecación es a su vez producto de las dificultades de generar un recambio manso y seguro en esa sociedad terriblemente polarizada.

 

No podemos decir desde acá lo que pasará allá, pero no parece ser que venga por ese llamado que ahora hacen los “ocho candidatos opositores” a evitar el “triunfalismo”. Más bien parece ser al revés; si las cosas van por el camino que tradicionalmente han recorrido las insurrecciones proletarias, habrá que profundizar y extender el avance todo lo que pueda, como única forma de no perder luego en la liga lo que se gana en la cancha.

 

Haití siempre anduvo con el paso cambiado respecto de nuestro continente, en paralelo pero en contrafase.

 

El experimento neo-colonial haitiano empezó en simultánea con el ciclo de regímenes pos neoliberales en nuestro continente, socialdemócratas, socialberales, y/o nacionalistas. La arquitectura del proyecto incluía una cuota sub-imperial para algunos de ellos. La hermandad continental empezaba con el abuso del hermano menor. Eso fue hace poco más de una década.

 

Ahora ambas partes entran en crisis en simultáneo, y el derrumbe del experimento neo-colonial haitiano encuentra encuentra a este sostén sub-imperial de ocasión demasiado comprometido con los problemas internos de cada una de sus variantes, como para andarse comprando nuevos problemas. Dejarán al hermano problemático librado a sí mismo.

 

No va a ser tan sencillo, porque el orden imperialista sigue necesitando la continuidad de esa isla-prisión para los haitianos en su propio país. Ya no tiene con qué pagar la tercerización mercenaria, pero les sigue reclamando a esos regímenes los servicios comprometidos.

Como siempre, los cipayos uruguayos creerán ver aquí una nueva oportunidad de mostrar su “diferencial”, pero se les va a complicar.

 

Se les va a complicar porque se complicó en Haití. Los servicios mercenarios del Estado uruguayo son una oferta sustitutiva a las exportaciones tradicionales, que ahora atraviesan tiempos difíciles. Se apoyan en el interés corporativo de la “familia militar”, que el régimen actual respeta merced a su pacto estratégico de convivencia. El problema es que “nuestros soldados de la patria” no están para las duras, no quisieron ir a África central porque no están preparados para las guerras de verdad.

 

Pero ahora, si Haití estalla como África no va a ser un destino cómodo para los MINUSTURISTAS.

 

Hace un mes parlamento uruguayo volvió a prorrogar la presencia de tropas en Haití. En forma completamente irresponsable dieron por bueno que el "proceso electoral" culminaría. El subsecretario de Defensa Jorge Menéndez adujo el concepto racista de que no podía esperarse en Haití un proceso democrático "como el uruguayo". En realidad el espejo haitiano refleja lo que fue el proceso dictatorial uruguayo en 1973, como lo dijo el propio Luis Almagro cuando era canciller, cuando junto con Mujica declararon que Uruguay no sería guardia pretoriana de una dictadura.

 

No será gracias a ellos, si Uruguay deja mañana de cumplir ese rol. Será porque ese rol pronto dejará de ser gratuito.




 
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